Perinola Mortal

La primera vez que me hipnotizé fué con esta canción, el dolor y la luz, un cuarto oscuro a vivir jugando a la gallina ciega, la de ahora una versión con Pitty Alvarez, un monstruo dulce y orate desconocido, inexistente

 

Cura

Vuelve Efraín Barco. ¿Barquero no será?, le pregunté. No pues, tal como lo oyes. Barco. Baaaaaaarco. Me dijo así, bien alargada la “a”, como hace la gente para que los entiendan. Podría haber sido Barqueeeeeeero, le contesté sin nada de ironía. Y me acordé de “Cada loco con su tema” de Serrat. Prefiero el barquero al barco. Y un bombero a un bombardero. Y una mariposa al Rockefeller Center.  ¿Quién cresta es Efraín Barco? Alguien debe ser, me dije. “Uno sólo es lo que es, y anda siempre con lo puesto”, me murmuró otra vez Serrat. La magnífica liviandad de la ignorancia, en la que me muevo casi como pez en el agua, me hizo pedir la disculpa correspondiente. Barco, Barco. ¿Será alguien que conocí cuando partí a Chiloé? Efraín es un nombre de viejo. Debe ser viejo entonces, y en la isla siempre viven atrasados de noticias. No conozco a muchos. Personalmente, digo. Bueno, sí. A varios de espíritu, para qué estamos con cosas.

 

Bien extraño el encuentro este. Se acercó a mí con una tremenda sonrisa y me dijo cómo estás Mauricio, ¿todo bien? Que linda familia tienes. ¿Sigues en la ingeniería? Como empresario, me imagino. Era una verdadera artillería verbal aunque bien modulada. Nada hombre, nada, le dije (que no me llamo Mauricio, ni soy ingeniero, ni menos empresario), ahora estoy de gerente comercial en la empresa donde trabajo. Mentí como se miente cuando se sigue un juego de roles. Vuelve Efraín Barco. ¿Barquero no será?, pregunté. No pues, tal como lo oyes. Barco. Baaaaaaarco. Me dijo así, bien alargada la “a”, como hace la gente para que los entiendan. Podría haber sido Barqueeeeeeero, le contesté sin nada de ironía. Ah, necesito contactarme con él, volver a Antofagasta, y me quedé sin plata, ¿me prestas 5 lucas? Claro. Anda a mi oficina el lunes y te las paso. En estos momentos ando sin ni uno. Bueno, no tanto. Metí la mano al bolsillo y me dolió que la primera moneda que apareciera fuera una de 500 pesos. El viejo avaro que hay en mí…Te paso esto por mientras. Los tomó rápido, casi quitándomelos de la mano. Ni siquiera me dio las gracias y desapareció, igual de rápido como se apareció.

 

¿Quién era? Me pregunta la Paula que estaba distraída. Ni idea. ¿En serio? En serio. Y más tarde lo vimos acercándose a otro, y a otro, con la misma amplia sonrisa y la confianza de quien pareciera conocerte desde hace un siglo…

 

Encuentro real (o irreal) ocurrido un sábado en la tarde comprando un regalo para mi madre en el Apumanque. Dedicado a mis amigos de Patio Interior y de quienes Serrat me susurra nuevamente, pues me acuerdo que prefiero una buena conversación a terminar de ver la película en “El Local”, sentado en una regada mesa, escuchando y riendo a mandíbula batiente -me encanta este concepto- una historia súbita y descabellada de Glenn en Montevideo. Y prefiero esa noche memorable de Muni en la que no estuve, pero seguramente andaba cerca. Y la risa contagiosa de mi hermano GC que, en estos momentos, debe estar de guatita al sol en las playas del Caribe.

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